SILVINA MERCADAL

Poesía y mercado

En sentido estricto la poesía no tiene mercado, porque: “¿Cómo vender lo íntimo, infantil, familiar y maternal? ¿Por qué otro valor cambiarlo?”(1). Y sin embargo hay una economía política, un régimen de producción, distribución, cambio y consumo poético en el campo social. En el orden de la producción a la ambigua posición económica de cada poética corresponde una función política que sería necesario explorar en tanto micro-política: dispositivos de enunciación en los que el deseo circula en un ensamblaje que va de lo individual a lo social.
En sentido estricto la poesía crea su propio mercado. A su vez en una sociedad de mercancías se puede atribuir un devenir útil al sentido, en la profesionalización de los circuitos de la palabra impresa: el prosista-periodista, el poeta-publicista que reconoce Apollinarie: “Lees los prospectos los catálogos los carteles que cantan a pleno pulmón / En ellos se encuentra la poesía esta mañana para la prosa están los diarios”. La mutación de la poesía en la modernidad se parapeta en los carteles y en las tretas del slogan publicitario.
Si en el siglo XIX el poeta se encuentra en el umbral de la clase burguesa, todavía tiene mecenas, pero se dirige al mercado en busca de un comprador, en el siglo XX ya se encuentra integrado en el mercado de valores espirituales que organiza la prensa. En la prensa periódica el poeta encuentra su comprador, se proletariza en la producción de una palabra devaluada, contribuye a la generación fantasmática de valor, se convierte en un engranaje de la máquina depredadora del sentido por el gran capital.
En el orden de la producción se crean también artefactos de lectura que establecen un régimen de legibilidad para las poéticas de cada época. Así, las publicaciones especializadas dirigen el canon de lo legible, pensable, visible, estableciendo su propio régimen de exclusión, una necesaria domesticación de la palabra que a lo multiforme del proceso creativo contrapone el rótulo (“poesía conversacional”, “neobarroco”, “objetivismo”), o una lectura predeterminada por la figura del autor, un yo alterno, o más difícil, a una experiencia que se quiere producir la idea falaz de una experiencia que se busca transmitir.
Por otra parte, la economía poética produciría una serie de paradojas: distribución sin renta, ganancia que dilapida el excedente, objeto sin necesidad, consumo de disfrute sostenido y diferido, entre otras. En sentido estricto la economía poética disloca las reglas de la economía política.
El acto de creación poética difiere de toda producción subordinada al capital, porque -dice Georges Lapassade- es “una de las raras formas de trance relativamente ritualizadas que queda todavía en Occidente”. Es un acto que extiende el límite de lo humano, consumo de energías sin otro propósito que el acceso a una iluminación interior, o éxtasis: salir de sí, lenguaje embriagado -en trance- por un deseo de dejar de ser lo que es.
En una sociedad de mercancías, a los deseos capturados por el mercado en forma de objetos-imágenes-fetiches, la poesía opondría otra forma de desear, incapturable por el poder capitalista dominante. A los dispositivos de subordinación del capitalismo camuflados en artefactos de lectura crítica, codificaciones del proceso creativo, o lecturas públicas del poeta sobre el estrado cultural (ceremonia interesada, también muestra de Estado de la lengua), contrapone una micro-política del trance, el gasto de energías sin funcionalidad, el éxtasis, la insubordinación a la utilidad.

1. Jorge Panesi (“Felisberto Hernández”) citado por Héctor Libertella en La librería argentina (Alción, 2003).



Es un acusado delito y dice:
En el parque, sobre la fuente del espejo
deslizó su garra hacia mi cuello
cabeza de medusa fascinada
con el inesperado retorno.

De travesía en travesura
la acariciada ya cometía su gesto
hasta alcanzar la respuesta:
Vente así, aquí, a mí
mímame una y otra vez.

Otra y una vez su animal
alcanza a la perseguida
hacia la trampa del espejo.

Ya dentro del pozo nada
debe nadar y nada.


***

La revancha te espero
porque de la mía ya tengo
a mi interna tocada
si no me alcanza todavía
en hipnóticos pabellones
al que huye espero.

En pabellones vacíos
perdido su exaltado apetito
persisten, cesantes
la ronda.


***

En insensible límite ahora
¿qué hay? Tal vez una
indecible inadecuación
si reducida o amplificada
entre juegos o fluido estar
que a los pavos aparta.

Algo a sí mismo retorna
en lenta dilatación.

De Acuario de la morsa

***

Era un bosque erizado
por la tarde decidí entrar
todo parecía petrificado
…luego respiraba.
De un grueso árbol colgaba
un panal morado, una lámpara
abovedada y sonora
el ojo cóncavo andaba
un paso y se detenía
al rato mostraba dientes.
Ir tan lejos
no me llevará lejos
me decía. En retazos
juntaba claves en la cesta
las claves rozan
me equivocaba
ya está abundante
encrespada turbia
a toda prisa
me detenía y comenzaba
a andar con el acertijo
rozando, no la respuesta
la clave
y perdida…


***


Hacia el bárbaro resplandor
me orientaba una lengua
cariciosa habla del muisca
adorado, salpica resinoso
oro de brujos, o en odio
transmuta los bosques
depredados.

En la pringosa ciénaga
dorada la pechera dadora
de múltiples percepciones
colibrí, iguana, culebra
fuga el cuerpo parlante
no en licores sino en ardor
alzado.

de Un bosque oriental (inédito)


Silvina Mercadal
Nació en la ciudad de Córdoba en 1971. En el año 2003 participó en la antología Territorios de la memoria (Narvaja Editor), en 2007 publicó Nupciario (editorial La Creciente), y en 2009 Acuario de la morsa (caballo negro editora). Estudió comunicación social en la Universidad Nacional de Córdoba y en la actualidad es docente.

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